Urbanismo lúdico y economía automatizada

Un reconocido antecedente del urbanismo unitario, el Formulario para un nuevo urbanismo de Ivan Chtcheglov (informe a la Internacional Letrista, 1953) describe una ciudad poblada de “fantasmas armados con todo el prestigio de sus leyendas” que articulan el tiempo y el espacio. Modulan la realidad dando lugar a un “paisaje cerrado […] organizado en torno a la producción y el confort” que, en lugar de liberar a la humanidad de las inquietudes materiales, se ha convertido en una “imagen obsesiva.” En lo que respecta a la experiencia subjetiva de la organización tecnoeconómica de la ciudad, los fantasmas de Chtcheglov hacen inevitable la asociación con el Benjamin de Los Pasajes (la fantasmagoría supone la “aparición de una lejanía” difusa, según la cual “la cosa se hace con nosotros”) y antes, -y a través de él- con el concepto de “fetiche de la mercancía” introducido por Marx en El capital y central en La sociedad del espectáculo de Debord (1967): la ilusión del estatus autónomo, espiritual, de la mercancía como algo exterior a la naturaleza humana que la ha creado y a sus necesidades. Es decir, la “aparición” del mercado como algo real, independiente de las personas y rector de su actividad.

En la ciudad represiva del capitalismo tecnocrático, la frustración de los deseos y el aburrimiento exponen la contradicción vivida entre los medios sociales de producción y las capacidades productivas. La tecnología puede proporcionar recursos suficientes para liberar al ser humano del trabajo y la escasez ficticia. Se trata, pues, de retomar el control de la máquina y someterla a las necesidades reales. De pensar e intervenir en la ciudad por la vía de la negación de una organización económica fetichizada. El Manifiesto de la pintura industrial de Giuseppe (Pinot) Gallizio (1959) contrapone “lo nuevo concebido en el azar de la infinita fantasía” a la “energía congelada del infame sistema bancario ya en descomposición” y concibe la pintura industrial como un intento de “jugar con la máquina”: “hoy el hombre es parte de la máquina que ha creado y que se le niega y es dominado por ella […] con la automatización ya no habrá trabajo en el sentido tradicional ni habrá descanso del trabajo, sino tiempo para energías antieconómicas libres” […].Igualmente el manifiesto de la Internacional Situacionista (1960) declaraba:

 La automatización de la producción y la socialización de los bienes vitales reducirán cada vez más el trabajo como necesidad exterior y proporcionarán, finalmente, plena libertad al individuo. […]. El ejercicio de dicha creación lúdica es la garantía de la libertad de cada uno y de todos en el marco de la única igualdad garantizada con la no explotación del hombre por el hombre. La liberación del juego es su autonomía creativa, que supera la vieja división entre el trabajo impuesto y el ocio pasivo.

Esta aspiración ya se encuentra en la Crítica del programa de Gotha de Marx (1875): “cuando […] crezcan las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, […] la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!”. Como reclamación de la reducción de horas de trabajo y extensión universal del consumo, la filiación de la utopía de la automatización se remonta, al menos, al Derecho a la pereza de Paul Lafargue (1880, v. Capitalismo y ocio). Aunque el debate sobre la automatización entre los años cuarenta y sesenta del siglo pasado no quedó ni mucho menos circunscrito al ámbito marxista. Sigfried Giedion, por ejemplo, recurría a Keynes (la Teoría general del empleo el interés y el dinero) para rebatir las objeciones económicas a las ambiciosas propuestas de monumentalidad comunitaria que elaboraba en EE.UU. a mediados de los cuarenta con otros emigrados cercanos al CIAM, como Fernand Léger y Josep Lluis Sert (v. Nine Points on Monumentality, 1943 y The Need for a New Monumentality, 1944). En realidad Keines ya había planteado la cuestión del ocio en relación con el desarrollo de las capacidades productivas y el desempleo en particular en Posibilidades económicas de nuestros nietos (1930): “el incremento de la eficacia técnica ha tenido lugar más rápido de lo que nosotros podemos ocuparnos del problema de absorber la fuerza de trabajo”. De forma que la cuestión económica, para Keynes, consistía en cómo ocupar el ocio “con sabiduría y agradablemente o bien “fijar la tasa de acumulación según el margen entre nuestra producción y nuestro consumo”. A ello se añade el interés de algunos situacionistas “polémicos”, como Constant Nieuwenhuys, por la teoría del homo ludens de Johan Huizinga, aunque la mayoría criticaba el modelo de consumo pasivo de los “sociólogos de izquierda” (Internacional Situacionista, 1960) relacionados con esas visiones de la economía automatizada y reclamaban el control colectivo del ocio en el cual se disolverían las categorías de consumidor y artista-productor.

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